Una cuadrilla polaca para rapar a las ovejas gallegas

Seis trabajadores del Este ejecutan esta tarea con gran rapidez en un buen número de explotaciones de ovino y caprino de la comunidad

(Firma: Pepe Seoane | Lugar: ourense)

Una oveja, un minuto. Más o menos. Es lo que tardan Ryszqrd Jwanajko, Marek Jwanejko y sus compañeros en esquilar una oveja. Son seis. Se trasladan en un Opel Vectra y en una furgoneta Volkswagen. Quienes han sabido de su existencia, bien porque les hablaron de ellos en Ovica, la asociación de criadores de ovino e caprino de Galicia, o se enteraron por pura casualidad, se deshacen en elogios sobre su trabajo. Llegaron a primeros de mes, llevan esquiladas miles de ovejas y hasta junio aún les queda mucha lana que pelar.

«Cobran polo seu traballo, son poucas as gracias, pero son uns cartos moi ben gastados, polo que se aforra de tempo, de traballo e de esforzos, e mesmo polos danos aos animais, que son moito menores, sen cortes, polo manexo que ten esta xente», confiesa Antonio Blanco Martínez, un ganadero de A Mezquita, municipio fronterizo con Portugal y Zamora. Le liquidaron trescientas cabezas de ganado en un visto y no visto. Como en el mismo día hicieron, con idéntica celeridad y sin perder mucho tiempo en el desplazamiento, en el lugar de A Venda do Espiño, del vecino municipio de A Gudiña, con el ganado de Antonio Martínez Yáñez, que vio cómo en cinco horas quedaban en estado de revista, como para exposición, sus 430 pericas . Sin lana.

Mucha maña

«Traballan moito e ben». Antonio tampoco ahorra comentarios a la hora de valorar y enjuiciar el trabajo de la brigada polaca de esquila de ganado. ¿Que cuánto tardaría en liberar de lana a los animales por métodos tradicionales, con las maquinillas manuales o con las tijeras de antaño? Dependería de la maña del esquilador y de otras circunstancias, pero mucho más. «Eu diría que moitas horas, coa particularidade de que tampouco quedarían tan ben, paréceme a min», dice este ganadero titular de un próspero establecimiento de hostelería en A Gudiña que se deja acompañar por varios perros mientras pastorea y disfruta de una naturaleza que no resulta lo que se dice cálida ni amable.

Los esquiladores polacos llevan años viniendo a España a trabajar. Y en Galicia son también conocidos. Cada vez más. Trabajo no les falta. Desde Ovica, la asociación de criadores, promocionan su actividad. Y ellos corresponden cobrando menos a los asociados: 1,15 euros por cabeza de ganado, quince céntimos menos que a quienes no están asociados. Por lo demás, según explica Ryszqrd ( Ricardo , para quienes ya lo tratan como alguien próximo), uno de los integrantes del grupo, se muestran en todo momento dispuestos a atender la demanda de quienes pidan su servicio, aunque sean pocos los animales que haya que trasquilar. «No siempre se va a ganar», dice, en un castellano más que aceptable. Problemas de comunicación, dicho sea de paso, ninguno. Tanto Ricardo como Marek se defienden perfectamente.

Para todos

Lo ideal, de acuerdo con su esquema de trabajo, es enfrentarse a un rebaño de quinientas cabezas de ganado. Y ponerse a la faena. Entre pausa y pausa para recuperar el ánimo e hidratarse, cinco horas. Y a otra cosa. Que se presenta alguien con veinte ovejas: pues se rapan, que son unos minutos. El beneficio no es mucho, pero compensa. Cuestión de imagen. Marketing. O así.

Su plan de trabajo es bueno, sin margen a la improvisación. Lo primero es encontrar una toma de corriente. Van provistos con todo. Enchufan, colocan una estructura metálica ligera y después cuelgan cinco cables, a los que enganchan las máquinas de rapar. No tienen necesidad de atar a los animales, los inmovilizan y los manejan como quieren. Estilo australiano. Pura maña y experiencia. No se les resisten. Son especialmente mansos. Su balar es rutina.

La máquina entra tan rápido aquí como en la cabeza del marine de las películas cuando se incorpora al cuartel. No importa que en la lana se haya incrustado materia orgánica. La maquinilla puede con todo. Cada cierto tiempo, un chorro de aceite en el engranaje y los animales van cambiando de zona con una extraordinaria rapidez. A un lado, sin pelar; al otro, ya esquilados.

Son seis, decíamos. Cinco trabajan en labores de rapa propiamente dicha; el sexto se encarga de ir acercando los animales a medida que sus compañeros van quedando libres. A mayores, a modo de pinches, el dueño de la explotación, algún pariente, vecino o amigo, que contribuye en labores de apoyo, como, por ejemplo, la de retirar los montones de lana que van dejando los animales, y que los esquiladores se limitan a ir apartando con los pies de su área de trabajo. Luego vendrá quien la recoja, pero eso es algo que a ellos no les preocupa. De todos modos, ahí aparece de nuevo la asociación de criadores, que tiene sus contactos y aporta, cuando se le pide, el lanero para que se encargue de todo.

Ellos, por su parte, una vez terminado el trabajo, desmontan el tingladillo, recogen las herramientas, cobran lo que les corresponde, cargan todo en los coches y a otra cosa. Hasta el próximo destino. Casi siempre fijado, que tampoco necesitan ir a la aventura a ofrecer sus servicios.

La Voz de Galicia – A Coruña,Galicia,Spain 1/05/2006

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