Salvando a la cabra criolla

El impacto de la sequía se hace vívido mucho antes de trasponer el portón que conduce a la comunidad 26 de Julio, en el municipio de Jiguaní, provincia de Granma. La exigua y amarillenta vegetación habla a voces de la usual escasez de agua. En los bordes de los cuartones, los lugareños han sembrado cercas vivas, en intento de crear mejores condiciones de sombra y alimento al ganado, su fuente económica principal.

Oteamos el horizonte para divisar las tradicionales cabras de la zona. Pero andaban recogidas en la chivera, aguardando bajo la sombra nuestra llegada. Tampoco ellas resisten el tórrido sol de un mediodía en el oriente de Cuba.

La cabra criolla, alternativa importante de ingresos por estos parajes y en muchos casos base del autoconsumo familiar, está hoy en peligro de extinción, verdadera calamidad, en tanto su genética se ha adaptado a las difíciles condiciones naturales de la zona por más de 500 años y resiste mejor que las cabras mestizas la aridez circundante y los parásitos.

Su rescate y mantenimiento en la comunidad 26 de julio es el objetivo de un proyecto del Programa de Pequeñas Donaciones del Fondo Mundial del Medio Ambiente en Cuba, con la colaboración del Instituto de Investigaciones Agropecuarias Jorge Dimitrov y la delegación territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA).

“Aquí la gente cría para comer carne y como la criolla es más pequeña, se hizo costumbre cruzarla, en busca de animales de mayor talla”, cuenta Manuel De la O, investigador del Dimitrov. “Entonces, cuando tuvimos la inquietud científica de estudiarla, nos topamos con que se estaba extinguiendo y que en apenas dos años podía terminarse la base genética de forma irreversible”.

Afortunadamente los científicos del Instituto de Investigaciones Agropecuarias hallaron a Adonis Santiesteban, un entusiasta de la cabra criolla, quien poseía un rebaño en buenas condiciones para ser controlado genéticamente, con vistas a que pudiera servir de referencia a otros interesados.

Hoy la chivera de Adonis guarda más de 100 animales y 75 reproductoras, y provee de sementales a otros cinco criadores de la localidad, sumados a esta iniciativa de rescate de la biodiversidad.

“Ahora trabajamos en una caracterización del animal, para presentarlo como un primer patrón de cabra criolla. También actuamos en la mejora de la resistencia a las enfermedades, de la talla, la ubre y los caracteres productivos, lo cual apoyará con una base científica al proyecto del Fondo de Medio Ambiente”, comentó De la O, quien es buen ejemplo de cómo la educación ambiental puede estimular cambios de mentalidad favorables a la sostenibilidad ambiental y económica.

“Cuando escuchaba hablar de pérdida de la biodiversidad, luego de la Cumbre de la Tierra en 1992, la asociaba al manatí o a las polimitas, pero nunca pensé que los animales domésticos pudieran considerarse parte del problema”.

A pesar del poco tiempo de iniciado que lleva el proyecto, el impacto de la educación ambiental realizada en la 26 de julio es apreciable. Que los vecinos hayan dejado de decirle chivo a la cabra, constituye un primer indicador.

Ariel Román, caprinocultor, es un beneficiario y promotor muy particular. Su hijo Carlos Daniel, que hoy corre como un chiflido por los caminos, nació con un déficit enzimático y no asimilaba la leche de vaca. Gracias a las cabras de Adonis se resolvió el problema. “Lo más importante ahora para nosotros es el aumento del rebaño, para evitar la extinción –dice-, además de que su leche es beneficiosa para la salud y así viene el desarrollo para la comunidad.”

El Programa de Pequeñas Donaciones impulsa varias iniciativas de educación ambiental dirigidas a niños y mujeres. Los más pequeños se agruparon en un círculo de interés en defensa de la cabra, en el que aprenden sobre sus características, su valor para el mejoramiento de la calidad de vida de las familias y lo negativo para la comunidad y el país si desapareciera como especie. A la par, en sus horarios libres, como modo de recreación, los niños han hecho suya la tarea de amansar las cabras que se llevan a las diferentes ferias, y apoyan la siembra de árboles asociada al proyecto.

“Ya tenemos un levantamiento de las especies arbóreas que se han instalado con éxito en esta área de alta salinidad”, explicó Yanet Sanz, especialista de medio ambiente de la delegación del CITMA en Granma.

“Queremos continuar sembrando la caoba, el mamoncillo y fomentar el algarrobo y la guásima, que forman el tercer piso de la base alimentaria de los animales, para que cuando la sequía arrecie, las cabras podrán comer de sus frutos”.

Las mujeres que manejan los animales en los rebaños pequeños y habitualmente deciden cuándo se ordeña, participan en un taller sobre los diferentes modos de cocinar la carne del cabrito y de usar la leche o el yogurt, productos de alto valor agregado, muy cotizados por su exclusividad.

La primera charla, impartida en el ranchón del pueblo el pasado mes de febrero por el chef del Hotel Sierra Maestra, David Fernández, despertó la curiosidad.

“Les traje folletos con 125 recetas elaboradas a partir de productos derivados de las cabras y espero aprender de ellas algunos platos tradicionales para adaptarlos a la cocina internacional. Al final del taller y del proyecto haremos un menú completo con cinco platos, aunque ya muchas me dijeron que iban a comenzar a experimentar por su cuenta”.

Otra sugestiva idea corre por cuenta de un grupo de estudiantes de la Escuela de Arte de Bayamo, quienes han decidido realizar sus prácticas profesionales en el pueblo. Frente a los vecinos, los jóvenes artistas moldearon cabecillas con cuernos y concibieron algunos grabados alegóricos al tema. Su propósito último es esculpir una obra monumental que se convierta en la memoria visual del proyecto y en símbolo de la preservación de nuestra biodiversidad.

CUBAhora – Cuba 14/03/2006

Autor: IRAMIS ALONSO PORRO

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