La
cabra montés multiplica por seis su población y coloniza toda la provincia
Los agricultores muestran su malestar por la superpoblación de animales en algunas zonas en las que tradicionalmente no había afecciones a sus cultivos y frutales.
JAVIER ZARDOYA. Alcañiz
Quizá previendo el trágico final que tuvieron sus parientes pirenaicos,
extintos desde que en enero del año 2000 el último ejemplar de bucardo
muriese atrapado bajo un pino, la cabra montés turolense no ha dejado de
crecer y reproducirse. Desde hace varias décadas su censo no deja de aumentar
y parece haber alejado definitivamente el fantasma de la desaparición. En los
últimos diez años, la cabra montés (capra pyrenaica hispanica), un emblema
español y endemismo de la península ibérica, ha sextuplicado su población
en la provincia. En la actualidad, más de 7.000 cabras se desparraman por los
montes y serranías turolenses, un crecimiento más que considerable si se
tiene en cuenta que en 1994 el censo aproximado era de poco más de
ochocientos ejemplares.
Lejos quedan ya los tiempos en que esta especie rozó la extinción perseguida
por el hambre que azotaba a una España eminentemente rural de la segunda
mitad del siglo XIX. Durante aquella época se pusieron en cultivo hasta los más
recónditos lugares del Maestrazgo buscando cualquier tipo de terreno arable y
recluyendo a las cabras en lugares inaccesibles de los puertos de Beceite.
Cuando en 1966 se creó allí la Reserva Nacional de Caza, los 700 ejemplares
que se contabilizaban empezaron a respirar un poco más tranquilos. Desde
entonces, iniciaron una lenta pero continuada recuperación demográfica que
les ha hecho colonizar la provincia.
De los barrancos perdidos de Beceite saltaron a los montes de localidades del
Matarraña como Peñarroya de Tastavins, Monroyo o Valderrobres; de ahí se
instalaron en su paraíso ideal: el Maestrazgo, donde se mueven como nadie
entre sus estratos rocosos. Posteriormente tomó rumbo al sur y bajó hasta
Javalambre, Gúdar o las Cuencas Mineras. También colonizó todo el Guadalope
y últimamente el río Martín, viéndose ejemplares a diario en las
inmediaciones de Albalate del Arzobispo, donde, al menos desde hace dos años,
empiezan a ser bien conocidas por los agricultores.
Afecciones agrícolas
De hecho, ya empiezan a surgir las primera voces por los daños que estos
animales ocasionan en algunos árboles frutales y cultivos. Uno de los
afectados es Víctor Vegas, que tiene una finca en Ariño a orillas del río
Martín. "Empezaron a llegar hace un par de años y al principio hacían
gracia; eran cuatro o cinco y causaban pocos daños, pero últimamente cada
vez vienen más y se acercan hasta las casas machos de más de cien kilos, que
asustan", explica.
Los animales se meten en las fincas buscando alimento y ramonean los árboles,
los huertos o los cultivos. Los machos se suben con sus patas delanteras sobre
las ramas y llegan a partirlas, aunque también se rascan los cuernos en las
cortezas segregando una hormona que llega a secar el árbol. "He llevado
cartas de reclamación al ayuntamiento y llevo gastados casi 3.000 euros en
tela metálica y soportes para vallar la finca e intentar reducir el daño.
Creo que deberían controlar más el número de animales", explica.
Por las propias características de la especie, agrupados en clanes muy
familiares, se suelen centrar en unos sitios muy concretos. "Ahí sí que
pueden causar daños puntuales", indica Javier Escorza, coordinador
medioambiental de la DGA en el Bajo Aragón, aunque éste "no es
generalizado", matiza. "Entendemos que superpoblación todavía no
hay; existen manadas dispersas y todos los años se dan autorizaciones para
matar ejemplares cuando vemos que en algún punto causan problemas",
explica. Escorza aboga por buscar soluciones "ajustadas" al sentido
común. "La cabra no tiene hoy un predador natural al no haber lobos. Hay
que cazarla y se debe fomentar una labor didáctica para que la sociedad pueda
ver en ella un nuevo elemento del paisaje del que puede sacar beneficio y no sólo
un enemigo", indica.