La mejora de la raza

Uno de los principales valores ganaderos de la provincia de Cádiz reside en el asentamiento en las comarcas de La Janda, la Sierra e incluso del Campo de Gibraltar de dos especies autóctonas y de carácter extensivo que no sólo entroncan con la más arraigada tradición de estos parajes y sus habitantes, sino que además se han convertido en una inagotable fuente de recursos y de creación de riqueza.

Cuando se habla de la cabra payoya y de la oveja merina de Grazalema se habla de dos razas catalogadas en peligro de extinción y amenazadas por el riesgo de desaparición, con un gran carácter lechero y que compensan sus escasos márgenes de productividad con una enorme calidad de la materia prima. El problema es que muchos años de dejación y desinterés habían enterrado el verdadero potencial de estas cabras y ovejas que ahora, gracias a la apuesta de los ganaderos constituidos en agrupaciones y al apoyo de las Administraciones, vuelven a tener un futuro.

En esta recuperación ha tenido mucho que ver el Área de Medio Ambiente de la Diputación de Cádiz, que hace ya décadas se planteó el reto de recuperar estas especies y de ir incluso más allá y lograr una mejora de la raza en cuanto a rendimientos se refiere.

En el caso de la payoya, en particular, esta labor era más que necesaria porque la raza estaba ya muy cruzada y conservaba pocos de los valores de la pureza de la especie, como explica José María Jiménez, jefe del servicio de Ganadería de la institución provincial. Por eso en el año 1983 se inicia el programa de cría con las primeras 140 cabras, para pasar después a los estudios junto a la Universidad de Córdoba que desembocan en la creación en 1995 de la Asociación de Criadores.

Ya con la iniciativa privada en marcha, las Administraciones ceden el testigo para que la Asociación decida y gestione el futuro de una raza que hoy en día ya está reconocida por el Catálogo Oficial de Ganado de España -así lo tramitó la misma Junta de Andalucía- y que está sometida a procesos de selección y mejora genética, para lo que ya se están realizando las primeras inseminaciones artificiales.

Este empuje abrió también la puerta a la recuperación de una raza ovina de la Sierra que ya se conocía y que muchos consideran una variante del merino, pero que tiene una mayor capacidad productora de leche. Como con la payoya, la Diputación fue pionera comprando un grupo de 70 animales con el que empezó los estudios y la tarea de conservación en 1992. Entonces se hicieron dos grupos, uno de los cuales viajó a Córdoba para que la Universidad realizara sus investigaciones, mientras que otro permanecía en la provincia sometido a pruebas de producción, de peso, etc.

Casi una década después, en 2001, cuando ya era un hecho que la especie iba en aumento y que su leche era cada vez más demandada, se constituyó la Asociación de Criadores de Oveja Merina.

Payoyas y merinas ya miran al futuro, que se presenta excelente. Y no sólo por el aspecto económico, que será aún más cuando el valor añadido adquiera el precio que merece, sino porque la producción extensiva -alimentación natural, etc.- es la que tiene más ventajas: ahorra costes al aprovechar los recursos de la zona, entronca con el desarrollo sostenible y con el respeto al entorno y ayuda al equilibrio ecológico.


La Voz Digital (Jerez) – Jerez de la Frontera,Spain 2/7/2007

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