La buena leche que le tocó a Vicalamá

En una pequeña comunidad de desplazados en Nebaj, sus pobladores alimentan a los niños desnutridos y gestantes con leche de cabra. Aunque el programa que promovió la iniciativa caducó hace un año, este sigue siendo autosostenible.

Claudia Palma /elPeriódico

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María Raymundo tiene 2 años. Aunque todavía hace pucheros cuando prueba la leche de cabra, Juana, su madre, está convencida que es el mejor suplemento a su alcance que puede darle a la pequeña, a quien le diagnosticaron desnutrición.

Jacinto, de 4 años, fue alimentado durante un año con esa leche, dice esta mujer ixil, ayudada por un traductor. En señal de prueba llama al quinto de sus seis hijos, un chiquito moreno, de manos regordetas, semblante sonrosado y a quien parecen haberle dibujado un par de rayitas con un lápiz negro en lugar de sus ojos.

Los Raymundo viven en Vicalamá, una aldea que dista 40 kilómetros de Nebaj, Quiché. Se llega allí después de un viaje de 4 horas montaña arriba a través de una serpenteante terracería. Se trata de una pequeña comunidad de 1,040 familias integrada, en su mayoría, por desplazados del conflicto armado.

Desde finales de 2005 hasta septiembre de 2006, 197 familias en donde había un niño desnutrido de entre los 0 y 3 años o una embarazada, aprendieron a criar, reproducir y a educar a toda una comunidad acerca del valor nutricional de la leche de cabra. El programa, auspiciado por Save The Children Estados Unidos, comenzó en 2003.

Veintitrés cabras fueron entregadas temporalmente a finales de 2005. Un año después –aunque el proyecto clausuró su primera fase en septiembre de 2006– los campesinos aumentaron a 75 el rebaño.

A través de un proceso que los aldeanos llaman “transferencia”, las cabras adultas son ofrecidas después de que tienen sus crías a otras familias. En algunas casas se instalaron centros de monta y se les enseñó a construir módulos para albergar a los caprinos.

Rodrigo Arias, gerente de Seguridad Alimentaria y Presidente de la Asociación de Fomento Caprino, detalla que 300 módulos fueron instalados en Nebaj, Acul y Uspantán, en Quiché. Antes de la introducción de los animales, los beneficiarios aprendieron acerca de educación en salud y nutrición, cosecha de huertos, mejoramiento agronómico de maíz y frijol, construcción de trojas para almacenar cosechas. Además, gozaron al principio de la entrega mensual racionada en libras de granos básicos, aceite, harina de soya y maíz que servían para complementar el 30 por ciento de la dieta familiar.

En 2003, la aldea tenía un índice de desnutrición global de 58.2 por ciento. El 92.1 de los participantes tenían desnutrición crónica. Para 2006, cuando finalizó la primera fase, los índices se habían reducido a 36.6 la desnutrición global, y a 87.5 la crónica.

Después del éxodo

Los recuerdos de la guerra aún permanecen vivos en Vicalamá. Tanto que el artefacto que anuncia el fin de la jornada en la escuela primaria es la mitad de una extinta bomba que hace las veces de campana.

Mientras se escuchan sus repiques, Marta de Paz, una mujer ixil de 44 años, dice –ayudada por un traductor– que el conflicto armado fue una de las causales de la desnutrición. Ella volvió a la aldea en 1987, después de ocho años de refugiarse en las montañas de Chel, una región boscosa de Nebaj que colinda con el municipio de Chajul, en Quiché.

“Lo importante era huir, entonces no había tiempo para pensar en qué comer”, dice Marta, quien es la presidenta del Consejo de Seguridad Alimentaria de la aldea.

Según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2006, la región noroccidente a la que pertenece Quiché pasó de 31.5 a 23.6 de indigencia.

Una de las fortalezas de Vicalamá es, sin duda, su organización comunitaria. Además del Consejo de Desarrollo Comunitario, hay un comité de agua, otro de mejoras y un tercero de salud.

La comunidad podría convertirse en corto plazo en comercializadora de los derivados de la cabra, comenta Hipólito de la Roca, coordinador del proyecto “Leche caprina para la familia rural”, en la segunda fase del mismo.

Esta semana, en la sede del Centro Universitario de Nororiente, Cunori, en Chiquimula, un grupo de productores de leche de cabra y zootecnistas aprendieron de expertos brasileños a fabricar jabones, champú, crema de afeitar, dulce de leche, yogur, quesos y cajeta.

Ana María Ribeiro es profesora de la Universidad de Sao Paulo y una de las instructoras del curso .Explica que comunidades rurales de Brasil incursionaron en la producción de jabones de leche de cabra, los cuales tiene un costo de US$0.40 y que venden a US$1.50.

Un millón de niños fallecidos

En los municipios donde se ha detectado pobreza extrema, hay un cruce con la desnutrición crónica. Se trata de variables asociadas. Entre 1940 y 2004, un millón de niños guatemaltecos murieron por causas asociadas a la desnutrición, comenta Delfina Mush, secretaria de la Secretaría de Seguridad Alimentaria, al referirse a un reciente estudio elaborado en conjunto por el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la CEPAL, Segeplan y Sesan.

“El problema se ha centrado últimamente en los focos, pero debiéramos fijarnos en las raíces históricas”, dice Much. Agrega que el problema tiene su origen en el modelo de Estado.

En las comunidades donde se han presentado casos aislados últimamente, como La Unión, Zacapa; Santa Cruz la Laguna, San José Sacayá y San Pablo la Laguna, en Sololá, hay factores comunes como la escasez de empleo, condiciones climáticas adversas y migraciones.

La Unión, Zacapa, por ejemplo, tiene una economía muy ligada a la producción de café, un índice de desarrollo humano de 0.542; un 87 por ciento de la población es rural; la tenencia de la tierra en propiedad municipal es de un 90 por ciento; el uso actual de la tierra es de un 25 por ciento de bosque mixto, otro 25 por ciento de área de café, 36 por ciento de maíz, frijol y 14 por ciento de tierras no aprovechables. La pobreza de sus habitantes está asociada a inequidad, a problemas estructurales y exclusión, detalla un informe del Consejo Departamental de Seguridad Alimentaria de Zacapa.

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